En el paisaje de la La Gioconda, en la porción montañosa situada a nuestra izquierda, se reconocen dos mirabilissime invenzioni. Esta zona corresponde al Monte Pradegna y a las colinas subyacentes, como ya se ha analizado en el quinto nivel de la página dedicada al paisaje real de La Gioconda. Para comprender plenamente el contexto geográfico en el que se integran estas configuraciones, se remite por tanto a dicho análisis.
Las mirabilissime invenzioni están integradas en la pintura según el procedimiento descrito por Leonardo en el Tratado de la Pintura. Para el significado del término mirabilissime invenzioni y para los criterios metodológicos adoptados en su análisis, se remite a la página Metodología.
En esta misma porción del cuadro se reconocen dos composiciones de hombre estrechamente concatenadas entre sí, que comparten diversas partes del paisaje. Una de ellas corresponde al autorretrato de Leonardo da Vinci, mientras que la otra constituye una composición de hombre distinta, construida mediante superposiciones y continuidad de las manchas de color. A partir de esta última composición puede iniciarse útilmente la observación.
Para observar esta composición de hombre es necesario rotar la imagen 90° en sentido horario. En la elaboración propuesta, la misma porción del cuadro se presenta rotada y acompañada de un óvalo blanco que delimita el área en la que el rostro es reconocible. El óvalo no altera la imagen original, sino que tiene la única función de circunscribir visualmente la zona de interés.
La imagen muestra la misma porción del cuadro
rotada 90° en sentido horario.
Dentro del óvalo
se reconoce el rostro de la composición de hombre,
integrado en la continuidad de las masas del paisaje
mediante variaciones tonales y superposiciones de forma.
El óvalo tiene la única función
de indicar el área en la que la configuración
se vuelve reconocible.
(Obra original conservada en el Musée du Louvre, París)
Esta composición de hombre representa el rostro de un hombre observado lateralmente. Se reconoce el lado derecho del rostro, mientras que la mirada está orientada hacia nuestra derecha. Considerando la rotación de la imagen, el rostro aparece en realidad dispuesto en posición horizontal, como si estuviera tumbado, con la mirada dirigida hacia arriba.
En el cuadro, el perfil del rostro aparece separado del resto de la zona montañosa por una fina zona clara, correspondiente a una pequeña llanura en las colinas situadas bajo el Monte Pradegna. Otro trazo claro, curvilíneo y descendente hacia la izquierda en la parte inferior, contribuye a delimitar el contorno del rostro, haciendo más legible la separación entre la figura y las masas del paisaje. El rostro aparece caracterizado por una barba relativamente clara, que en la percepción del conjunto puede parecer casi rubia, mientras que el bigote resulta más oscuro.
La lectura de la composición de hombre se vuelve más clara observando progresivamente algunos elementos del cuadro. En la secuencia que sigue, la misma porción de la imagen se acompaña de tres superposiciones de apoyo diferentes, que ayudan a reconocer la estructura del rostro integrado en el paisaje. Las superposiciones no introducen elementos ajenos, sino que aíslan visualmente algunas variaciones tonales ya presentes en la pintura.
Las tres imágenes muestran progresivamente algunos elementos útiles
para reconocer la composición de hombre
integrada en el paisaje de la La Gioconda.
Al pasar el cursor sobre cada imagen
(o manteniendo pulsado en pantalla táctil),
se visualiza una superposición
que resalta algunas líneas de luz
y variaciones tonales ya presentes en la pintura.
Estas indicaciones tienen la única función
de facilitar la percepción de la figura,
que emerge de las masas del paisaje
sin la introducción de elementos ajenos.
(Obra original conservada en el Musée du Louvre, París)
Pocos días antes de la publicación de esta página
dedicada al autorretrato de Leonardo en La Gioconda,
se anunció en los Musei Reali de Turín
la exposición del dibujo autógrafo de Leonardo da Vinci
Tres vistas de una cabeza masculina con barba (hacia 1502),
prevista del 20 de marzo al 28 de junio de 2026,
en el marco de la iniciativa «A tu per tu con Leonardo».
La hoja presenta tres vistas diferentes
de una misma cabeza masculina,
analizadas por Leonardo mediante variaciones progresivas
de orientación y de síntesis gráfica.
Durante mucho tiempo se pensó que el rostro podía
representar a Cesare Borgia,
hipótesis hoy debatida pero aún presente
en algunas lecturas críticas.
Esta posibilidad resulta coherente también en el plano cronológico:
Leonardo trabajó para Cesare Borgia en 1502,
precisamente en los años inmediatamente anteriores
al inicio de la La Gioconda (1503).
La hoja muestra tres vistas de la misma cabeza masculina,
realizadas con un trazo suave y progresivamente más sintético.
El estudio pone de relieve
la atención de Leonardo
por la estructura del rostro,
en particular en la representación de la barba,
articulada en líneas curvas y onduladas.
(Musei Reali de Turín – Biblioteca Reale, Inv. 15573 D.C.)
El perfil de la composición de hombre identificado en la La Gioconda muestra una afinidad significativa con la primera cabeza representada en la hoja turinesa, caracterizada por una visión lateral y por una estructura del rostro más marcada. Esta semejanza se refiere en particular a la forma de la nariz, la disposición de la frente y la articulación de la barba.
La composición de hombre presenta además una característica peculiar: el rostro aparece dispuesto en posición horizontal, como si estuviera tumbado, con la mirada dirigida hacia arriba. Esta configuración no carece de correspondencias dentro de la investigación. En el paisaje de la santa Ana, en efecto, Leonardo utiliza ya una forma natural bien conocida, el Omo Morto de los Alpes Apuanos, cuya silueta recuerda la de un hombre tendido con el rostro dirigido hacia el cielo, transformándola en una mirabilissime invenzioni mediante la definición intencional de los detalles del rostro.
La comparación con el Omo Morto refuerza por tanto la lectura de esta imagen de la La Gioconda: también aquí la disposición del rostro no aparece como una simple accidentalidad formal, sino como una elección figurativa coherente con un procedimiento que Leonardo demuestra utilizar en otros casos. En el lenguaje común, la figura de un hombre tendido con el rostro dirigido hacia el cielo remite naturalmente a la imagen de un hombre muerto; en este caso, esta asociación resulta además reforzada por la posición del cuerpo y por su estructura global.
Esta particular disposición, junto con la fuerte afinidad con el perfil de la cabeza representada en la hoja turinesa, puede ponerse en relación con la figura de Cesare Borgia. A la luz de su muerte en 1507, en Viana en España, y de la relación directa con Leonardo en los años anteriores, no puede excluirse que esta imagen constituya una reelaboración simbólica, integrada en los miembros del paisaje, reconducible a una posible testimonianza del vínculo entre Cesare Borgia, Leonardo y el territorio de Bobbio.
En la misma porción del paisaje en la que se ha reconocido la anterior composición de hombre, se sitúa una segunda configuración figurativa, estrechamente concatenada con la primera y construida a partir de las mismas formas del territorio.
Esta segunda configuración
corresponde al autorretrato de Leonardo da Vinci.
La figura emerge de las mismas formas del Monte Pradegna
y de las colinas situadas por debajo,
pero organiza estas masas según una estructura más compleja,
en la que resultan reconocibles
los rasgos fundamentales del rostro.
Para reconocerlo con mayor claridad,
es útil rotar esta porción del paisaje
unos 18° en sentido horario.
La zona afectada corresponde
al conjunto de colinas a la izquierda del cuadro,
reconducible en el paisaje real
al Monte Pradegna
y a las colinas subyacentes
que descienden hacia el meandro del río Trebbia.
La rotación no modifica el paisaje,
sino que cambia la forma en que lo observamos.
Las colinas subyacentes muestran de hecho
un elemento morfológico recurrente:
líneas de vegetación de desarrollo curvilíneo
que siguen la inclinación natural del terreno
y descienden hacia el fondo del valle,
como ya se ha analizado en el
paisaje real de La Gioconda.
Estos trazados son coherentes
con la articulación real del terreno,
en particular con los impluvios
que conducen hacia el curso del Trebbia.
Observados en la posición rotada,
estos mismos elementos morfológicos adquieren
el aspecto de un mechón de cabello
y de la barba del autorretrato.
El óvalo delimita una porción del paisaje del cuadro
rotada aproximadamente 18° en sentido horario,
en la que es reconocible
el autorretrato de Leonardo da Vinci.
Esta configuración ocupa el mismo espacio pictórico
que la anterior composición de hombre,
utilizando en parte las mismas zonas del paisaje,
organizadas mediante superposiciones de manchas tonales
y detalles compartidos.
La zona corresponde al conjunto de colinas a la izquierda del cuadro,
reconducible en el paisaje real
al Monte Pradegna
y a las colinas que descienden hacia el meandro
del río Trebbia.
(Obra original conservada en el Musée du Louvre, París)
En el curso del análisis de la La Virgen y el Niño con santa Ana, en la parte superior izquierda del cuadro, lo que a primera vista aparece como un simple conjunto de colinas se revela como un sistema de imágenes concatenadas que comparten las mismas formas y masas del paisaje. En esa zona son reconocibles varios composiciones de hombre y una composición de batallas, construidos a partir de la misma estructura del territorio. Entre estas configuraciones también está presente el autorretrato de Leonardo.
Cuando, en el análisis de la La Gioconda, se reconoció la primera composición de hombre en las colinas a la izquierda de la figura, surgió una nueva pregunta: si en la santa Ana la misma zona del paisaje alberga varias imágenes concatenadas, ¿era posible que también en la La Gioconda ese sector contuviera un sistema de imágenes construidas a partir de las mismas masas del territorio?
La respuesta surgió durante la observación directa de la La Gioconda en el Musée du Louvre. Observando el cuadro desde una distancia de unos cuatro o cinco metros, en las colinas a la izquierda de la figura se hizo inmediatamente reconocible un rostro. La percepción fue instantánea: se trataba sin ninguna duda del autorretrato de Leonardo da Vinci.
El rostro, que en el cuadro mide menos de veinte centímetros, emerge de las mismas masas del paisaje que forman la anterior composición de hombre. Las dos imágenes resultan por tanto casi concatenadas y construidas a partir de las mismas formas del territorio, que se reorganizan para generar una nueva configuración figurativa.
A distancia, la imagen aparece sorprendentemente nítida, y algunas zonas del rostro adquieren una percepción casi tridimensional. Sin embargo, al acercarse al cuadro, el fenómeno cambia: las mismas formas que a distancia componen el rostro se separan y vuelven a funcionar como simples elementos del paisaje — perfiles de colinas, variaciones de luz y transiciones del sfumato. El rostro parece entonces disolverse dentro de la pintura.
Este comportamiento visual no depende de una interpretación arbitraria, sino de un efecto perceptivo preciso. Formas muy similares en color e intensidad, situadas a corta distancia entre sí, cuando se observan desde lejos tienden a unirse visualmente. El ojo construye así una nueva continuidad de formas, de la que emerge la estructura del rostro.
La lectura del autorretrato de Leonardo puede resultar inicialmente menos inmediata que la de la anterior composición de hombre, ya que el rostro emerge casi por completo de las mismas gradaciones tonales del paisaje. En la secuencia que sigue, la misma porción de la imagen se acompaña de tres superposiciones de apoyo diferentes, que ayudan a reconocer progresivamente la configuración del rostro. Las indicaciones introducidas no añaden elementos ajenos al cuadro, sino que hacen más legibles algunas relaciones de luz y forma ya presentes en la pintura de Leonardo.
Las tres imágenes muestran la misma porción del paisaje a la izquierda de la figura en la La Gioconda. Al pasar el cursor sobre cada una de ellas (o manteniendo pulsado en pantalla táctil), se visualizan progresivamente algunas indicaciones de apoyo. En la primera imagen, la zona que no debe tenerse en cuenta queda atenuada mediante un ligero velo blanco. En la segunda, manteniendo ese mismo velo, algunas formas del paisaje se hacen ligeramente más legibles mediante un incremento muy leve del contraste. En la tercera aparecen también indicaciones cromáticas orientativas.
La misma zona clara, correspondiente a una pequeña llanura en las colinas situadas bajo el Monte Pradegna, que en la anterior composición de hombre separaba el perfil del rostro de la zona montañosa posterior, facilitando su percepción, en el autorretrato desempeña una función opuesta. Aquí separa la parte del rostro situada justo debajo de la boca de la barba inferior y de un mechón de cabello que desciende hacia abajo, interrumpiendo así la continuidad visual del rostro y haciendo menos inmediata su lectura global.
Un fenómeno análogo se observa también en la santa Ana, donde, en el autorretrato, una fina zona clara desciende desde el centro de la frente hacia el lado izquierdo de la nariz y de la boca, interrumpiendo parcialmente la continuidad de las formas del rostro y haciendo menos inmediata su percepción.
Uno de los elementos más evidentes de la configuración del rostro
es el mechón de cabello que desciende a lo largo del lado izquierdo
hasta alcanzar el curso del Trebbia.
Como ya se ha analizado en la página del
paisaje real de La Gioconda,
se trata de una línea de vegetación de desarrollo curvilíneo
que sigue la inclinación natural del terreno
y termina en la parte inferior
con un desarrollo envolvente.
En el cuadro, esta estructura se representa
mediante un trazo continuo,
más oscuro que las colinas circundantes,
que en correspondencia con el curso del Trebbia
adopta una forma envolvente
asimilable a un rizo.
Observada en la configuración rotada,
esta misma estructura del paisaje
adquiere el aspecto del mechón de cabello del autorretrato.
Los elementos característicos del rostro de Leonardo resultan reconocibles tanto en esta configuración de la La Gioconda, como en el autorretrato de Turín y en el autorretrato identificado en la santa Ana. La comparación entre estas imágenes permite observar la permanencia de una misma estructura formal del rostro, que se mantiene constante a pesar de las variaciones ligadas a la edad y al distinto contexto de representación.
Las tres imágenes muestran, de izquierda a derecha,
las configuraciones del rostro de Leonardo
en orden cronológico y de edad:
el autorretrato identificado en la La Gioconda
(hacia 1503–1519),
el autorretrato a sanguina conservado en Turín
(hacia 1515–1516),
y el autorretrato identificado en la santa Ana
(hacia 1508–1519).
Las superposiciones resaltan los principales elementos estructurales del rostro
– cabello, barba y perfil –
haciendo comparables las tres configuraciones
no como imágenes aisladas,
sino como expresiones coherentes de una misma construcción formal.
(Autorretrato de Turín: Biblioteca Reale, Musei Reali de Turín;
las otras configuraciones están integradas en la pintura conservada en el Musée du Louvre, París)
En estas tres imágenes, la estructura del rostro se organiza según algunos rasgos recurrentes:
Relaciones entre el autorretrato de la santa Ana y el de la La Gioconda:
La disposición de estas formas no resulta casual, sino que se integra de manera coherente en la construcción territorial del paisaje. El rostro no está superpuesto al paisaje, sino que emerge de sus propias líneas estructurales, que se reorganizan para generar la configuración figurativa.
La comparación visual entre estas configuraciones permite verificar la correspondencia de los principales rasgos del rostro entre el autorretrato de la La Gioconda, el identificado en la santa Ana y el autorretrato conservado en Turín.
Observada en su relación con la figura femenina del cuadro, la configuración del autorretrato no aparece aislada, sino orientada hacia ella. El rostro está de hecho dirigido hacia la mujer y presenta una expresión ligeramente sonriente, estableciendo una relación visual interna dentro de la composición.
Al prolongar la observación, a la altura de la boca, puede surgir también un efecto perceptivo adicional. Junto a la línea de cierre de los labios, se distingue una pequeña configuración central, más oscura, que, junto con los márgenes circundantes, puede adoptar el aspecto de labios dispuestos a silbar. Se trata también en este caso de un efecto óptico construido intencionadamente mediante la reorganización de las formas del paisaje.
Las imágenes identificadas no constituyen simples semejanzas visuales, sino configuraciones intencionales que emergen de los miembros del paisaje, en las que las formas naturales se reorganizan para acoger las mirabilissime invenzioni y hacer plenamente reconocible la intervención consciente del artista.
El óvalo delimita una porción del paisaje en la que se reconocen dos composiciones de hombre estrechamente concatenadas. Las dos imágenes ocupan la misma zona del cuadro y utilizan en parte las mismas áreas del paisaje, organizadas mediante superposiciones de masas tonales y continuidad de los detalles. Entre estas configuraciones emerge el autorretrato de Leonardo. La zona corresponde al conjunto de colinas a la izquierda del cuadro, reconducible en el paisaje real al Monte Pradegna y al sistema colinar subyacente que desciende hacia el meandro del río Trebbia.
(Obra original conservada en el Musée du Louvre, París)